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sábado, 14 de enero de 2017

La amistad, la felicidad, la tranquilidad, la salud del cuerpo y de la mente y la vida equilibrada son algunos de los temas centrales de la escritura epicurea, que hoy gozan de plena actualidad. Epicuro es un clásico imprescindible que despierta un interés atemporal al animarnos a explorar nuevos caminos vitales y a disfrutar de los placeres, evitando los excesos. La receta que nos indicó para las dolencias de su época también puede aplicarse en los tiempos que hoy corren, ya que sirve para eludir la desilusión ante un mundo movido por un arraigo material que se disfraza de felicidad. 

Por ello la escuela de Epicuro se construyó deliberadamente en los confines de Atenas, distante de la ciudad y su opulenta ostentación. Este gesto señalaba que la felicidad no reside en el reconocimiento público, ni en la lógica del consumo; ambas cosas suponen tiempo y esfuerzos vitales que nos distraen de lo importante. La medicina de Epicuro para este mal fue la práctica de la filosofía, para la que no hay una edad determinada, porque nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven para ella. La escuela epicúrea empezó a expandirse aún en vida del maestro y se mantuvo activa hasta el siglo III D.C. Su filosofía fue acogida con especial fuerza en Roma, donde influyó en intelectuales y políticos ilustres del Imperio, como es el caso de Séneca. 

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De hecho, cuando el cristianismo comenzó a extender sus preceptos, el epicureísmo llevaba ya más de trescientos años de andanzas. El choque con el nuevo credo hegemónico era inevitable, puesto que Epicuro fue el primer gran filósofo de la laicidad; aunque jamás negó la existencia de los dioses, aseveró que las personas debían comprometerse con su bienestar y existencia mediante las propias fuerzas físicas e intelectuales, sin esperar bienes ni males de la divinidad. Es más, pensaba que vivir una vida plena y feliz haría de cada uno un dios, cuando menos en un sentido metafórico, pero para ello era preciso seguir pautas sanas basadas en las relaciones de amistad, respeto y mesura, algo cuya fórmula ofrecía la práctica de la filosofía. 

De este modo aportó una propuesta que exaltaba la vida en toda su magnitud, abriendo la senda para que creciera un valor fundamental del pensamiento contemporáneo de Occidente: la revelación de que cada individuo es un sujeto de transformación, un protagonista que acrecienta su potencia cuando se une a sus semejantes para perseguir una vida agradable y serena. La figura histórica y la filosofía de Epicuro han llegado hasta nuestros días de un modo difuso y fragmentado, debido en parte a que la mayoría de sus obras originales se perdieron o quemaron, pero también porque la historia distorsionó su legado mediante interpretaciones erróneas. 

Fragmento 

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