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domingo, 22 de enero de 2017

Epicuro de Atenas, hijo de una de las más famosas ciudades-estado de Grecia, prohibió a sus seguidores tomar parte en la vida pública. Esta prohibición se ha considerado generalmente como síntoma de una pérdida total de interés por las cuestiones políticas, y, por tanto, como un deseo de subordinación de las ciudades libres de Grecia al dominio macedónico; este hecho parece sugerir que, si Atenas hubiera permanecido libre, se habría dedicado a la política. Pero esto sería escamotear la esencia de su abstencionismo político. Realmente, no tuvo ningún interés en la restauración de la autonomía de Atenas, ni se sintió afligido por su pérdida. De hecho, se opuso a la institución de la ciudad-estado mientras ésta existió y cuando, en plena pujanza, se extendía su prestigio rápidamente. He aquí precisamente su error. 

Esto, sin embargo, no implica una negación del papel histórico de la ciudad-estado. Ella era el marco en el que se desenvolvía el único acierto valedero de los griegos. «El sustituir las villas y cantones por ciudades en las costas mediterráneas fue el golpe maestro de Grecia y Roma. Los observadores contemporáneos de este fenómeno no estuvieron equivocados cuando describieron la polis, o ciudad antigua, como el símbolo y la prueba visible de una civilización superior.» Es cierto. Pero la fase creativa de la ciudad no duró mucho y lo que pudo constituir, en su conjunto, una influencia civilizadora, al ser trasplantado a las lejanas costas del mar Negro o del Mediterráneo occidental, se convirtió al mismo tiempo en una degeneración intestina.

Aristóteles decía que la ciudad-estado nació para posibilitar una vida confortable. «Pero todo lo que tiene valor, tiene un precio. El precio, en este caso, fue el nacimiento de la injusticia social.» Epicuro añadiría que el precio se había fijado demasiado alto. En el libro: la ciudad griega desde Alejandro hasta Justiniano, lo corrobora plenamente. «Grandes fueron sus logros, pero el precio que pagaron las ciudades de la antigua civilización fue el de una división demasiado rígida para que pudiera ser duradera.» Y analiza sus defectos. 

La ciudad era un parásito de la nación. Las riquezas quedaban concentradas en las manos de la aristocracia ciudadana. La vida política se fue delimitando hasta quedar en exclusiva de un reducido número de familias. La magistratura quedó reservada a aquellos que eran suficientemente ricos como para poder sufragar los gastos del servicio público de sus propios bolsillos. El sacerdote, que confirmó con divina sanción el orden establecido, cubría sus vacantes de la misma manera.

Fragmento.

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